Hostel El Farolito, Tilcara, Jujuy, Argentina.
- Denise Slucki

- 20 ago 2019
- 3 min de lectura

Es viernes a la noche y ya estoy casi lista.
El jean color clarito y la remera roja de mi prima que deja entre ver los primeros escotes. Por suerte jamás me la volvió a pedir. Acomodo las polainas y ajusto bien mis Topper blancas.
Tengo todo lo que necesito: monedas para el colectivo, la billetera y la fotocopia del DNI que miente, dice que tengo 18, que nací en el 87 y no en el 89. Cierro el morral de tela violeta, que lleva un ojo de viejas locas pintado a mano y salgo.
El 141 para en la puerta del Mc Donald’s de Caning y Corrientes,tengo un largo viaje desde Villa Crespo hasta Av. Rivadavia al 7100.
Después de una fila no muy larga es mi turno y mientras repito en mi cabeza “ojalá no se den cuenta de que tengo 17 años” preparo los 7 pesos que me sale la entrada.
Nadie opone reparos, abro el telón, entro y leo un mural gigante que dice “El Farolito”.
Mientras dos toman mate en la cocina, una chica hacía malabares y el que me recibe lleva un pañuelo ajustado al cuello, esos de color blanco con cuadraditos negros. Me mira y ya no puedo disimular mas nada. No voy a poder volverme a comportar.
Ansiosa y un poco nerviosa pido una cama mientras no puedo dejar de mirar qué alrededor mío las paredes cantan con frases.
Afuera hace muchísimo frío y mi Hostel no tiene agua caliente pero eso ya no importa. Queda una sola cama y no lo dudo, estoy en casa.
Me llevan a recorrer el espacio y no sé si es la compañía o las paredes las que me dan una contención que aún no puedo poner en palabras.
A medida que van cruzando las personas, voy teniendo sensaciones físicas que conozco pero parecen empolvadas.
Los voy queriendo y me veo esperando a mis amigos para entrar al Marquee. Hoy toca La Mocosa y ya me aprendí todos los temas del nuevo CD. Estoy con Clari enfrente esperando a Goncho que viene de Wilde y por la izquierda vienen caminando Maru y Flor con su fleco Stone recién cortado. Maru se hizo rastas?
Encuentro un sillón y me tiro a leer. Dos perros me custodian mientras un amorío fugaz va y viene deteniéndose siempre en mi dibujando caritas felices.
Todo está perfecto. Fantasía o realidad, a esta historia le da igual.
Tarareo una canción de rock en mi cabeza y respiro porque ya me dejaron entrar.
No tengo más 17 años, de hecho soy de las más grandes del Hostel. Las topper ya no están guardadas en mi placard y ni siquiera se siguen usando monedas para viajar en colectivo.
Los pibes no son Clari, Maru o Gon.
A los pibes en realidad no los conozco pero me resultan tan familiares como la historia de mi vida.
Todo está detenido en la mejor parte de mi. Ellos siquiera lo percatan, tampoco me conocen y no tienen idea, pero hacen que la realidad se oculte por primera vez en un exacto año.
De repente todos estamos sentados alrededor de un fogón imaginario al costado de una salamandra que nos acobija del frío y de los acordes de una guitarra tocada con amor suena
Don Osvaldo: La suerte de encontrarte alguna vez y sentir que para casi todo hay solución. Verte y festejar también que aún me queda pureza sin tristezas en mi corazón.



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